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La COVID-19 impuso una experiencia académica marcada por el aislamiento y la virtualidad

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Confinamiento: un descanso que no pedimos

Vuelta a clases, pero nada es como antes

¿La Universidad está más preparada hoy?

El 13 de marzo de 2020 cerraron sus puertas las tres universidades públicas gallegas. Horas antes, Xoel Rodríguez miró las noticias en su teléfono y pensó que la pausa impuesta por el estado de alarma sería cuestión de un par de semanas.

Estaba recibiendo la que sería su última clase presencial por un tiempo. Dijo a sus padres que se quedaría en Santiago de Compostela, porque no valía la pena irse a Becerreá, su pueblo en la provincia de Lugo. El profesor se despidió del grupo haciendo previsiones parecidas a las suyas sobre la duración del aislamiento.

“¡Qué locura!”, dijo el estudiante de Periodismo y Comunicación Audiovisual, refiriéndose a lo que pasó después. En ese momento, no se imaginó que las aulas estarían vacías por lo que quedaba de curso, ni que el regreso sucedería meses después y sin verse las caras.

Nadie lo hizo.

Xoel Rodríguez, a la entrada de su Facultad
Xoel Rodríguez Poy, alumno tutor de la Facultad de Ciencias de la Comunicación, USC.

Confinamiento: un descanso que no pedimos

“Sé de una amiga a la que le dieron permiso para venir a buscar cosas a su piso alquilado”, cuenta Iago Couce, a quien la pandemia le sorprendió haciendo su primer máster, en la Universidad de A Coruña. Ya está terminando el segundo, de vuelta en su alma mater, la Universidad de Santiago.

De las clases virtuales durante el primer confinamiento, Iago recuerda anécdotas simpáticas: “Por chat, nos poníamos de acuerdo para meter palabras raras o extravagantes, nada que ver con la temática de la materia. Como teníamos las cámaras puestas, luego había que esforzarse por no reírnos. El profesor no se enteraba de nada”.

Ya en posgrado, y con solo dos frecuencias semanales, poco le molestó la docencia virtual impuesta por el confinamiento. Salvo, quizá, por el desajuste horario que tenía en aquella etapa de acostarse tarde y gastar poca energía. Pero la experiencia de un estudiante de primer curso, de grado, no podía ser más distinta. Era el caso de Xoel.

“Asistir de forma virtual me supuso un inconveniente a nivel de aprendizaje porque me pilló en el segundo cuatrimestre del primer curso. Ese es el momento en que llegas a la universidad, te comienzas a acostumbrar a la vida universitaria, a las nuevas formas de dar clase, pasar exámenes, etc”.

Clases virtuales… ¿teníamos lo que necesitábamos?

Disfrutar de las pantallas es diferente a depender únicamente de ellas para tu aprendizaje. Eso se comprobó durante el confinamiento y la docencia virtual.

En este artículo de la revista El Profesional de la Información, firmado por profesores de tres universidades españolas, “el alumnado está habituado a la tecnología, predispuesto a ella, ya que forma parte de su cotidianidad en todos los ámbitos, pero este uso constante, instrumental, no va acompañado de reflexión y de rigor en el ámbito académico”.

No obstante, desde la visión de los estudiantes, muchas veces eran los profesores quienes no se adaptaron inmediatamente a la nueva situación. Xoel cuenta que perdió bastantes días de clases en ese tránsito, mientras Fran corrobora que algunos de sus profesores tardaron en acostumbrarse al escenario virtual.

Fran Rodríguez es estudiante de máster de la Universidad de Vigo. Él se muestra optimista con respecto a su tiempo confinado, porque aprendió a organizarse mejor. Tenía más horas para estudiar, y estaba cómodo en casa. Pero sí reconoce que las sesiones prácticas o de laboratorio deben ser presenciales.

Fran en la ciudad de Vigo
Fran Rodríguez es estudiante de la Escuela de Ingeniería Industrial de la Universidad de Vigo.

Para Xoel, esto se tradujo en tener que aprender con diapositivas algo que debería poder tocar en la vida real. Su Facultad está equipada con platós televisivos, estudios de radio, cámaras y micrófonos… nada de eso pudo aprovecharse por un tiempo.

El aprendizaje no solo se afecta cuando es imposible trasladar actividades prácticas al entorno virtual. El contacto con el profesor, de una forma no mediada por la pantalla, a veces es importante. Liset Rodríguez Poyato estudió un máster en la Universidad de A Coruña durante la pandemia, y considera que el trato personal con el tutor es fundamental cuando haces un trabajo de fin de máster (TFM) o trabajo de fin de grado (TFG). “Ese punto de encuentro es necesario, y creo que se debería retomar”.

En casa estamos (demasiado) cómodos

Liset, quien llegó de Cuba en 2021 para hacer el máster en Productos y Destinos Turísticos, no vivió la primera etapa de cuarentena en España. Pero el segundo confinamiento le dio idea del reto que es concentrarse solo mirando el pequeño rectángulo de la pantalla.

“En la Facultad atendía siempre al profesor, estaba 100% en función de eso, pero en casa uno se distrae, o te acomodas más de la cuenta. Buscar ese punto de equilibrio era un poco complicado”.

Liser Rodríguez, en el parque Méndez Nuñez, A Coruña
Liset Rodríguez Poyato llegó a España en plena pandemia, a estudiar en la UDC.

En mayo de 2020, Xoel llegó a pensar que perdía su tiempo en Teams. Aunque se esforzara, un ruido de su padre desde la habitación contigua podía sacarlo de la clase. “Si toda la experiencia de aprendizaje se reduce a una pantalla, no le vas a prestar atención a esta, sino a lo que tiene detrás”, considera. 

Internet, por otra parte, llegó a ser un factor de desigualdad. Algunos estudiantes pusieron quejas, alegando que sus condiciones eran diferentes a las de aquellos que tienen una conexión estable en sus casas. La Universidad de Santiago respondió con aquellas ayudas que tuvo a su alcance, como el pago de servicios o el préstamo de equipos, pero en la velocidad de la conexión ya no podían influir. Dichas ayudas se abordan en en la entrevista al Xerente de la USC, también en este reportaje.

Luego están los accidentes durante las clases virtuales, que siempre son motivo de distracción. Espejos traicioneros, compañeros de piso expuestos en ropa poco adecuada, mascotas… Y, un clásico, olvidarse de que tienes el micrófono abierto.

Fran recuerda cómo, en una reunión informativa, un estudiante comienza a hablar mal de la persona que la impartía, sin darse cuenta que todos escuchaban. “Ya hablaremos después tú y yo”, dijo la profesora, quien tuvo el detalle de dejarlo terminar su discurso.

Vuelta a clases, pero nada es como antes

Ninguno de los estudiantes entrevistados para este trabajo dijo haberse sentido inseguro en las universidades luego del regreso a clase. Un poco de miedo, o respeto, sí. Fran cuenta cómo la primera semana hubo un caso en su facultad. Al no producirse ningún contagio, el temor se sustituyó por la certeza de que había que seguir adelante, cumpliendo con precauciones.

También hubo consenso en que las medidas fueron adecuadas al momento del país, para lo que se conocía sobre el virus y el impacto de la pandemia. Fue un proceso escalonado, donde buena parte de las directrices eran a nivel estatal. Aun así, varios de los jóvenes consideran que ciertas medidas pudieron adaptarse más a las circunstancias locales, por ejemplo, el uso de la mascarilla.

Los estudiantes regresaron a edificios diferentes a los que dejaron. Señalética por todos lados, énfasis en la ventilación, marcas para sentarse, gel hidroalcohólico y pasos podálicos.

Un detalle curioso fueron las salas de aislamiento. El protocolo dictaba que en cada edificio existiese una sala para apartar a un posible contagiado. Xoel lo encontraba innecesario. El delegado COVID de su propia facultad nos confirmó sus sospechas: nunca llegó a usarse.

 ¿Dónde ocurren los contagios?

Liset recuerda cómo los llamaban, cada cierto tiempo, a cribados universitarios. “Eran muy eficientes: salías de clases, lo hacías, y ya cuando llegabas a casa en la noche tenías el resultado”. Ella no supo de ningún evento de transmisión ocurrido dentro de las aulas.

¿Se contagiaron? Sí, Liset en un gimnasio, Xoel cree que fue en un bar, y ni Fran ni Iago piensan que su exposición pudo haber sido en clase.

Pero nos falta por presentar a Majo, María José, quien además de estudiante es médico formada en Venezuela, e hizo un máster en Gerontología Clínica en Coruña. Ella, con una visión más especializada, tampoco tuvo miedo de contraer la COVID-19 en la Universidad. Apreció que el regreso a clases fue en el momento justo y que se tomaron las medidas necesarias.

Majo en una librería en Coruña
María José Viloria cursó un Máster en Gerontología Clínica en la Universidad de A Coruña.

Sobre el uso de la mascarilla en interiores, ella opina que el plan de vacunación de España ha permitido restringir la obligación de mascarillas a circunstancias muy específicas. Lo vivió durante sus prácticas, en una residencia de ancianos, donde exigían también certificado de vacunación. Pero cada vez será más raro en otros entornos.

“Fuera de eso, no lo considero necesario a estas alturas porque el virus se ha ido debilitando en la población, es un proceso hasta que llegue a una gripe que pasaremos todos. Debemos regresar a la normalidad”, asevera Majo, aunque enseguida añade que ella misma ya no sabe qué entiende por normalidad, porque ya la mascarilla era lo normal y ahora se siente desnuda sin ella.

Hacer prácticas en tiempos de pandemia

En un contexto donde la virtualidad se impuso, también, para las empresas y donde se preveía una crisis económica derivada de la pandemia, no parecía el escenario idóneo para ser aceptado en prácticas profesionales.

Tanto Liset como Fran obtuvieron sin percances la ubicación en prácticas en 2021, aunque los profesores de sus respectivas facultades reseñaban lo fatídico que fue el 2020 en ese aspecto. Majo, como ya se dijo antes, hizo un mes en una residencia de mayores.

A Iago la situación le afectó un poco más. “Las prácticas fueron más cortas, sin remuneración, y comenzaron más tarde de lo previsto. Terminé sumando cinco meses al total de nueve que nos habían prometido como tiempo del Máster. Y hubo personas que las hicieron después que yo, al año siguiente.”

Iago en parque Santiago de Compostela
Iago Couce hizo no uno, sino dos Máster durante la pandemia: uno en UDC y otro en USC.

A pesar de haber hecho las prácticas en tiempo y forma, Fran lamenta que las medidas de prevención eran tan estrictas, que en su empresa todo funcionaba de manera muy compartimentada. “Eso disminuyó mi capacidad de aprender sobre otras áreas”, asegura.

¿La Universidad está más preparada hoy?

A los cinco estudiantes entrevistados, se les hizo la misma (y última) pregunta: si tuviéramos que confinarnos de nuevo, sea por pandemia o por una situación similar, ¿piensas que la Universidad aprendió alguna lección? ¿Estamos más listos que antes?

La respuesta fue unánime: sí, lo estamos. El argumento más mencionado tiene que ver con la tecnología: se estabilizó el uso de herramientas que ya existían en los centros, y se adaptaron otras nuevas para facilitar la enseñanza.

Xoel desea que los profesores sigan entrenándose en ese sentido, porque dos años después ve que algunos no saben emplear Microsoft Teams. Por su parte, Fran cree que “las herramientas están ahí, y si hubiera que volver a usarlas, resultaría más fácil que la primera vez”.

Liset agrega que se ganó mucho en flexibilidad, en la capacidad de buscar vías alternativas para hacer las cosas. Y no solo en las clases, sino en las prácticas, y hasta en las empresas. A esa lista, Majo añade que las lecciones calaron también en el área sanitaria, en el ocio, y en la vida universitaria más allá de las aulas.

Por último, Iago recuerda cómo estábamos en marzo de 2020, sin saber hasta qué punto nos cambiaría la vida: “Un día estás bien, mogollón de fiestas, tu vida normal. Al otro día, estado de alarma, todos en casa. Ahora tenemos mucha más información, sabemos cómo tratarlo. Igual espero que no volvamos a estar confinados, quizá se tomen medidas, pero espero que no volvamos a estar encerrados en casa”, remarca.